7 de septiembre de 2012

Hoy me he despertado oliendo a ti. Sí, a ti. Tienes un olor inconfundible, característico, imposible. Sabes que me encanta. Me encanta recordarte mientras reías y yo respiraba hasta el último suspiro del aire que te rodeaba para grabarte en mi cerebro. 
El ser humano es capaz de recordar miles de olores. Pero se pueden confundir. El tuyo no, el tuyo es inconfundible. Mi colchón lo sabe, mis almohadas, mi cuerpo y cada uno de los lugares que visitamos juntos. Como cambian las cosas, ¿no? Hace un par de meses, éramos la pareja casi perfecta. Sí, casi. Por eso nos amamos tanto. No hay día que no pase por aquel banco que me vio reír y a ti callar, no hay día que no sonría echando de menos cada momento que nos quedó por vivir. Pero, ¿qué digo? Da igual. Ya todo da igual. Viviré, vivirás, lloraré, llorarás y ambos seguiremos adelante. Nos volveremos a encontrar algún día, seguramente tú de la mano de alguna mujer menuda y hermosa, y yo, yo sola; como de costumbre. Pero no me importa, nunca me importó estar sola, hasta que te conocí a ti. La soledad te ha sustituido y es buena compañera, es sincera y cruel; pero nunca me falla. Siempre está conmigo, siempre. No me abandona ni por un instante. Es la que me habla y me dice todo lo que no quiero ver. Me cuenta como sigues con tu vida, como has vuelto a reír, como sigues siendo feliz sin mi y me grita, se enfada conmigo porque ve que yo no puedo. No consigo mantenerme en pie dos segundos sin volver a caer pidiéndote que vuelvas. 
Llegará el día en que me veas y los dos sepamos que pudimos haber recorrido el mundo juntos, de la mano. Me verás y sólo podrás sonreír por los recuerdos. Te veré y lloraré porque seguirás siendo el amor de mi vida.
Es demasiado triste y demasiado complejo, pero es nuestro secreto, mi amor. Nuestro último secreto.

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