Compartía una taza de chocolate caliente con su madre, acompañado de unas cuantas galletas echas por ella misma esa misma tarde. Las dos sentadas en una mesita en medio del acojedor salón, con todos los pequeños detalles puestos estratégicamente para causar la mejor impresión posible a cualquier huésped que quisiera visitarlas.
Desde dentro se veía como nevaba, las ventanas empañadas dejaban a la imaginación dibujar el paisaje blanco. Sólo se podía definir claramente el gran abeto con su fuerte y robusto tronco marcado por el paso del tiempo, en el que hace años su padre colocó un columpio con dos sencillas cuerdas y un trozo de madera, pero por muy simple que fuera cuando se sentaba en él seguía recordando las maravillosas tardes de primavera en las que ella y su padre pasaban horas y horas jugando alrededor de aquel viejo árbol que tantas cosas había visto en sus incontables años.
Pero no todo era felicidad en aquella casa. Ese día era el primer aniversario de la muerte de su padre. Miraba con ansia el bosque, deseando perderse, profundizar en él por unos instantes, escapar de los recuerdos, de las obligaciones que esa casa representaban. No lo soportaba más, cojió una manta, se la echó a los hombros y salió a toda prisa por la puerta.
Su madre vió como su hija corría como podía através de la nieve sin inmutarse. Dando pequeños sorbos a su pequeña taza de porcelana, sintiendo como el chocolate quemaba su garganta y aguantando las lágrimas en lo más profundo de su ser.
Perdida entre tantísimos árboles, todos iguales, decidió cambiar de rumbo y cual niña boba dio una vuelta sobre sí misma con los ojos cerrados, cuando paró siguió recto sin pensar. Mientras atravesaba un par de arbustos un fuerte ruido la aturdió, no sabría decir si eran truenos o que el cielo se estaría cayendo sobre ella. Miró a todos lados pero no veía nada fuera de lo común. La curiosidad la consumía y se dejó guiar por su instinto buscando la fuente del estruendo.
Con los ojos cerrados, una dulce sonrisa en la cara y contoneandose como una bailarina escuchaba cada vez más fuerte ese ruido. Hasta que abrió los ojos y se descubrió ante ella el lugar más precioso y mágico jamás visto. No hubiera podido existir ni en el más maravilloso cuento de hadas. Todo era perfecto. Parecía que el invierno no hubiera pasado jamás por allá. Al fondo del paraje una pared de rocas puestas de forma despreocupada y en medio un camino a través del cual caía una gran cascada de donde procedía el ruido. De ella bajaba un agua clara, limpia, turquesa, echizante. Formaba un maravilloso lago, alrededor del cuál había todo tipo de maravillosos arbustos con frutos desconocidos hasta el momento por ella.
Emocionada y entumecida por el frío no reparó en unos unos ojos que la miraban. La revisaban de arriba abajo, aprovechando cada mirada a ciertas curvas que la manta dejaba ver.
Cuando se dió cuenta de aquella presencia, un fuerte escalofrío recorrió su cuerpo. Su mente le dijo que estaba en peligro, que huyera, pero su cuerpo le forzaba a acercarse a ese ser tan bello.
Al encontrarse a pocos centímetros uno del otro, reparó en lo intenso de sus ojos marrones. Eran de un claro hipnotizante, la absorbieron en una espiral de la que sólo la pudo sacar su rizado pelo negro, brillante por el reflejo de la nieve, moteado por los copos que caían, lo cual le empapaba la cabeza y aumentaba su atractivo. Era alto, de anchos hombros, fuerte, de carnosos labios, cara cuadrada, rasgos marcados y sus ojos… sus ojos eran profundos y mostraban las ansias de contar mil historias, pero sus miradas eran como las de un inocente infante al cual aún le quedaba mucho camino por recorrer… Con una sola de sus miradas podría derretir hasta el más duro corazón.
Pudieron pasar horas mirándose, sin decir ni una sola palabra aunque para ellos fueran segundos escasos hasta que se fundieron en un torrido beso.

Su aliento les quemaba, las manos de él recorrieron cada lugar de su cuerpo. Él la apretaba contra su cuerpo en un ansiado intento de conseguir ser sólo uno. Y pudieron pasar así días, pero el día se acababa, la noche caía y ella sabía que debía irse.
Juntos, abrazados, sin dejar ni un espacio para que pasara el aire entre ellos, él la acompañó hasta el límite donde acababa el bosque. De nuevo se introdujeron en un mundo en el que sólo existían él y ella y nadie más.
De repente, sonó la voz preocupada de su madre llamándola. E inevitablemente tuvieron que separarse, pero no hizo falta ni un solo gesto ni una sola palabra para saber los dos que al día siguiente se encontrarían en el mismo lugar, en su lugar.