25 de febrero de 2013
Piso tus huellas justo detrás de ti, exactas y frías. Nunca quise perderme, siempre quise ir a tu lado, acompañar tus pasos con los míos, mis manos con tus dedos y tus labios con mis besos. Nunca quise dejar de merecer tus sonrisas y aunque ya sé que las perdí, no las olvido. No quiero olvidarlas. Son ese tipo de recuerdos que duran años, que en el último suspiro de tu vida aparecen ante ti y te hacen feliz, otra vez. Otra vez y siempre. Como tú. Siempre tú. Siempre supiste hacerme feliz, hasta enfadada, hasta odiándote, hasta llorando me hacías feliz. ¿Qué más da ya? ¿Verdad? Ya se acabó, cariño. Pero, ¿qué importa? Fui muy feliz y gracias, nunca olvidaré todo lo que hiciste por mí. ¿Lo superé? ¿Quién sabe? Yo tampoco, y no quiero pensarlo. Porque si lo pienso te recuerdo y no quiero. Ya lo evito, te evito cuando vivo y hasta cuando respiro, pero parece que mis pasos siguen unidos a los tuyos. ¿Por qué? No lo sé, nadie lo sabe. ¿Qué más da? Nadie lo entiende. Nadie entiende que tus labios encajan en cada curva de mi espalda a la perfección, nadie entiende que aunque se acabó, nunca terminó de hacerlo. ¿Qué más da que ni siquiera nosotros lo entendamos? Mis huellas siguen unidas a las tuyas, ya lo sabes. Me buscas y te busco, es inevitable. Que cuando yo no quiero que me encuentres, lo haces; y cuando quiero que lo hagas, no apareces. Y es nuestro juego, amor. Somos dos idiotas con un pasado enamorado. Y ya no. Ya lo sabes. ¿Qué más da? Nadie lo entiende, ¿y qué? Mis huellas están unidas a las tuyas y así será hasta... no sé hasta cuando; pero algún día esto se acabará de verdad.
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