28 de noviembre de 2011

Odio las despedidas. Sí, las odio. Odio tener que dejarle marchar, saber que no le tendré al otro lado de la almohada, que no será lo último que vea antes de dormir ni lo primero al levantarme. Sé que cada día le veo, pero me cuesta tanto separarme de él. Le necesito. Necesito sus abrazos, sus besos, sus manos a todas horas. Necesito decirle mil tonterías para escuchar su risa, mirarle fijamente a los ojos y que me diga que me quiere. Que me quiere... Sí, me quiere. ¿Me quiere? ¿De verdad? Sí, no sé ni porque dudo. Me lo ha demostrado, y cuando dice que me quiere sé que es de verdad. Es de esos "te quiero" que engloban mil acciones pasadas, sólo para que ese "te quiero" tenga algo de sentido en sus labios. Y me encanta escucharlo, me encanta que me mire esperando que le diga cuantísimo siento por él, jugar con las palabras en mi boca, jugar al suspense y soltarlo todo de golpe. Ver el amor abrasando sus pupilas, quemando su garganta, deseando devorarme. Le quiero, le quiero muchísimo. Se ha convertido en el centro de mi vida, en el centro de mi universo. 
Me encanta saber que siempre estará ahí, me encanta las cosas que dice, todo lo que hace por mí. No sabría como describirle. Es, simplemente... no sé. ¿Perfecto?


Sólo sé que es eso que llaman amor. Y me encanta...



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