Se me hacen eternas estas malditas escaleras. ¿Qué hora es? Que más da, tarde muy tarde. Estoy enfadada y no sé porque, será que no encuentro las llaves.
Entro en casa y digo en voz alta "¡Ya estoy aquí!". Recapacito por la burrada que acabo de hacer y pienso: "Es verdad, que estoy sola, como siempre". Y sin saber cómo ni por qué me empotro contra la pared llorando desconsoladamente, mordiéndome la mano para no gritar. No puedo parar, no sé que me pasa. Sólo quiero llorar, llorar y desahogarme. Ya era hora, estoy harta de no poder decirle a nadie como me siento, de no poder quitarme esta carga que siempre llevo encima.
No sabría decir cuanto tiempo pasó, sólo sé que se hizo de día cuando paré de llorar. Pero, ¿que me pasó? No lo entiendo, pero me ha sentado bien. Parece que mi cuerpo actuó por su propia cuenta para descargarse.
Entro al baño y miro mis mejillas manchadas por el rímel, los ojos rojos. Me lavo y empiezo a desnudarme. Tiro un zapato, luego el otro. Ahora los pantalones, parece que en una noche he engordado más de la cuenta y ahora luchan por desprenderse de mis piernas. Después la blusa, y me tiro en la cama. Enciendo la tele y busco algo que ver. Enciendo el ordenador y miro las novedades poco interesantes como de costumbre.
No más de cinco minutos después caigo rendida, "mañana" será otro día...

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