8 de octubre de 2011

Tenía en la cara un brillo especial, de esos que no se ven todos los días. Era ese brillo que producía la felicidad. Daba gusto verla sonreír a carcajadas, verla mirar hacia el sol mientras cerraba los ojos y dejaba que los rayos impregnaran toda su piel. Rebosaba alegría y juraría que jamás la había visto así. Me hubiera gustado preguntarle porqué ese júbilo, cómo había podido llegar a tal grado de satisfacción. Pero para que sacarla de su burbuja si ya sabía la respuesta. Conociéndola, me diría que ya le había olvidado, que había aprendido a vivir sin amor, que ya no le necesitaba para ser feliz y aunque la pudiera mirar de la forma más incrédula y sabiendo que eso no era cierto, la hubiera dejado disfrutar de su propia mentira.

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