29 de septiembre de 2011

Siempre pensé que era especial, que brillaba sobre los demás. Para que mentirme, eso sólo pasaba en breves momentos de lucidez y durante los primeros años de mi vida. Cuando toda la atención de mi mundo giraba entorno a mi. Mi mundo cayó. Se rompió en mil pedazos. Ya no queda nada...
Es triste ver como hasta tus familiares, los que deberían de estar hasta en los imposibles, te dan la espalda. Pides ayuda, les gritas intentando hacer que te vean, les necesitas, pero nada... no eres nada en sus vidas. No existes para ellos. 
Te hace fuerte el verte en esa situación. Poco a poco, ladrillo a ladrillo, creas tu propio castillo de fantasía, donde resguardarte en los peores momentos.
Sí, es verdad. Lloro cada noche, me ahogo en mis lágrimas pensando por qué si hice todo lo que pude y aún así salió mal. ¿Por qué? Puede que no lo intente lo suficiente. Puede que como siempre me rinda sea eso lo único que merezca. Puede que mi manía de romper la baraja cuando no me sale bien a la primera, o cuando no me gusta algo me haya llevado a esta situación. Lo siento tanto... 
No me avergüenzo de reconocer que lloro, que me siento sola la mayor parte del tiempo. No me avergüenzo de reconocer que le necesito, que a cada seguro le extraño y por las noches me levanto gritando su nombre con lágrimas en la cara. 
Hace poco descubrí que los fuertes también lloran. Y yo, aunque parezca mentira... ¡soy fuerte!

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